23 jul. 2009

Por Alejandro Contreras

Mientras Mary Griffith (Sigourney Weaver) está cosiendo, su hijo Bobby (Ryan Kelley) se dirige a un puente para quitarse su vida. Para entender cómo se ha llegado a ese momento hay que remontarse en el tiempo. Años atrás Ed (Austin Nichols), el hermano mayor de Bobby, le descubre junto a un frasco de pastillas tiradas en el suelo. Tras confesarse Bobby el motivo que le había llevado a ese intento de suicidio, Ed se lo cuenta a su madre. Mary es una mujer que ha inculcado las enseñanzas conservadoras de la Iglesia Presbiteriana, y al descubrir el secreto del pequeño Bobby decide hacer todo lo que está en su mano para curar a su hijo de lo que ella entiende como una enfermedad llamada homosexualidad.

Telefilm estrenado en USA a principios de año con una audiencia en sus dos pases de 3.8 y 2.9 millones de televidentes. Lástima que esta película no esté en español porque creo que invitaría a mis padres a verla conmigo. Pocas películas pueden ayudar a los padres a entender los conflictos que sufren sus hijos adolescentes al afrontar su homosexualidad, y ésta cumple esa función. Una historia real que para países occidentales donde la religión ha quedado apartada, pues puede resultar lejano, pero no la falta de entendimiento de los padres sobre un tema como éste consigue hacer el tema más universal.

Dos nominaciones a los premios Emmy, y un premio Trevor Life (otorgada por la asociación The Trevor Project, dedicada a la prevención de suicidios de jóvenes por conflictos con su sexualidad) reconocen el trabajo de esta película. Sus valores humanos son más sobresalientes que sus valores cinematográficos, aunque Sigourney Weaver está espléndida en un papel tan rico como el de Mary Griffith.

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